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Profesor de la universidad de Siracusa, en Nueva York, publicó en 1960 un libro que sería fundamental para entender esta línea de pensamiento: The Death of God (La muerte de Dios).
Paradójicamente, este fenómeno, cuyos amargos frutos recogemos en nuestros días, tiene su raíz última en el propio cristianismo, pues es la fe bíblica la que primero conduce a una autonomía siempre mayor del hombre y del mundo, a través de la desacralización de la naturaleza.
El cristiano se incorpora a ella por su fe, con la esperanza de que una reforma definitiva sólo se alcanzará en la eternidad.
Pero en el fondo, piensa se busca un hombre capitulo 1 él, es que la visión religiosa del mundo, propia de otro momento histórico, ya no es la de nuestra situación actual en occidente.Si el evangelio tiene algo que aportar al hombre de hoy no puede ser desde los límites pietistas de la religión, sino iluminando sus decisiones profanas para ser asumidas con responsabilidad.La fe religiosa se identifica con el progreso cultural y la importancia de la ciencia en la sociedad, mientras que el reino de los cielos se identifica con el de la tierra y la autoridad eclesial pierde su fuerza.De la confrontación de la sociología con el dogma, intentará sacar las consecuencias para comprender mejor el sentido de la Iglesia, comunión e institución: una mirada exclusivamente empírica puede hacernos olvidar el alcance de la comunión de los santos; identificar la Iglesia con el Reino.El Dios vivo de la Biblia parece haber muerto en nuestra cultura, y no por un ataque eficaz del ateísmo sino por la debilidad religiosa de los cristianos.El hombre se explica sin necesidad de Dios; éste se ha convertido en una hipótesis innecesaria.Nuestra cultura es tan insuficientemente cristiana como para ser reconocida como tal y, sin embargo, es al mismo tiempo demasiado cristiana como para ser rechazada absolutamente por el mismo cristianismo.En su teología se respira un compromiso hasta el final, que había aprendido en su propio hogar familiar.Replegada sobre sí misma, la Iglesia corre el peligro de perder al hombre y al mundo en el que este hombre vive.Vivimos en un contexto social marcado por el paso de una cultura cristiana a una cultura profana en la que la Iglesia ha perdido su capacidad de hablar a los hombres para ser escuchada.Una religiosidad superficial, vacía de su auténtico contenido, parece extenderse por todo el contexto cristiano, a la vez que crecen brotes de reacción fundamentalista, de intransigencia dogmática y de condenación a toda muestra de cultura.



Una religión de la necesidad subjetiva es sustituida por una fe que, obligatoriamente, se transforma en el compromiso de la acción.
Se impone actualizar el mismo cristianismo, a pesar de la resistencia de numerosas estructuras suyas ya anquilosadas.
En el fondo, el cristianismo acepta la autonomía del mundo y reconoce en su compromiso con el mundo el compromiso con Dios.
Pero no es negando este proceso de secularización como se puede recuperar la importancia del Evangelio.
Hemos pasado de un monoteísmo radical a un inmanentismo radical.Es decir, que la trascendencia es reemplazada por la inmanencia, y lo sagrado por lo profano.En efecto, en nuestros días, el cristianismo es una voz insignificante para la mayoría de los ciudadanos.La pérdida de este sentido trascendente lleva a Vahanian a lanzar un grito de inquietud: puede que Dios no sea necesario en nuestro mundo, pero resulta siempre inevitable.Madurando en su propia experiencia de fe (luterana acepta que la Iglesia debe cambiar en medio de un mundo que se transforma sin parar.El problema es que, al hacerse de este mundo, el cristianismo termina por perder, piensa Vahanian, el cielo y el mundo, a la vez.


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